Ismael Ortiz Company, párroco de Santa María
Muchas veces hablamos de la fiesta utilizando tópico y frases hechas que cogemos prestadas del lenguaje ambiental. También nos referimos frecuentemente a las personas y a los lugares con tópicos y etiquetas al uso. En muchas ocasiones acudimos a las comparaciones para resaltar la superioridad de una cosa, de una persona, de un lugar, de una fiesta. No hace falta pisar a nadie para ser uno mismo.
Con la fiesta pasa igual que con el amor. Como en los productos con marca propia que se ofrecen en el mercado, también hay subproductos y falsificaciones de las realidades importantes. Es conveniente llamar a cada cosa con el nombre que le corresponde.
¿Qué es la fiesta?
Hay unos ingredientes que autentifican la fiesta, y que no pueden faltar en el menú básico de una fiesta que aspire a ser verdadera fiesta.
-La fiesta es una afirmación de la vida, un si a la vida. Cuando lo cotidiano tiene sentido, la fiesta adquiere significado y rostro propio. No se puede celebrar el vacío y el sinsentido. La fiesta que deriva en borracheras, insultos y resacas, no es verdadera fiesta. Podemos aplicar aquello de “por sus frutos los conoceréis”.
- En la fiesta todo es abundante. Es un exceso que rompe el ritmo de lo cotidiano. La fiesta señala el deseo de acoger y compartir lo que somos y lo que tenemos. Se rompen las barreras de lo propio para festejar lo que es de todos. Siendo abundante y generosa en sus manifestaciones, tiene también los propios límites, marcados por la responsabilidad y el regreso a lo cotidiano.
- La fiesta es la expresión ritual de los anhelos profundos de las personas y de la convivencia. Como rito que es, implica seguir un patrón determinado, que suele estar acompañado de baile, música y comida para la ocasión. Junto con algún ritual más específico según la fiesta de que se trate. De ahí lo de las “fiestas patronales”.
-La fiesta acentúa la acogida y la generosidad sobre la exclusión y el egoísmo. La verdadera fiesta hace sitio a todas las personas, a todos los ritmos, y a todas las sensibilidades.
- La fiesta, para no desvirtuarse, ha de tener memoria propia, preservando su núcleo fundacional, es decir, aquello que conmemora y que está en el origen de su nacimiento.
Las exigencias propias de un tiempo marcado por la globalización no tienen por qué afectar negativamente a la identidad propia de la fiesta. Cada pueblo ha de preservar su propio patrimonio de fiesta al igual que se protegen y preservan los edificios emblemáticos. Son sus señas de identidad, en beneficio de la riqueza que supone la diversidad. El pensamiento único siempre es empobrecedor.

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